Miguelcho ha muerto. Le veo moviendo sus dedos índice alternativamente, uno arriba y otro abajo, mientras repite la letanía "Paperisú de la sopa de la pangue, fumifú del papicorte, fumifá del paperú". Sonreía seriamente mientras recitaba y coordinaba los índices para que en ningún momento los dos dedos estuvieran abajo o arriba al mismo tiempo o descuadraran con la letanía. Le respondíamos con gorrazos, collejas y protestas. ¡No, eso no, Miguel! Pero era un mantra para que la concurrencia olvidara sus problemas y se centrara en lo verdaderamente importante, conseguía meternos en su juego y jugábamos. Nadie podía responderle con un juego de la misma habilidad.
En un tiempo en el que se leía, era más lo que se decía que lo que se hacía, se interpretaba, y se malinterpretaba, a Freud, Deleuze, Baudrillard (también llamado Ladrillard), Foucault y demás, Miguel permanecía ajeno, al margen de los modernos, ignorante. Era un simple maestro. Ha pasado mucho tiempo y él ha continuado siendo un simple maestro. Los aprendices de sociólogos abandonamos hace ya mucho nuestras tonterías de repetir citas sin haber leído, explicaciones imposibles de entender porque estaban escritas en una jerga solo apta para amantes de los crucigramas o teorías francamente opuestas a la vida. Miguel continuó siendo un maestro.
En ese mundo Miguel era el juego. Siempre tenía un juego, siempre estaba dispuesto a jugar y a jugar sin egocentrismo, le daba igual perder, le daba igual ganar. Ahora creo que perdía aposta, le importaba que los demás estuvieran a gusto, que no sacaran problemas o tensiones. Jugar con él era una maravilla, arrastraba (el culo por un zarzal, como él decía) y siempre, siempre, siempre, jugar con él era alegre, divertido y nos volvía a todos a la infancia despreocupada. Las risas tardaban muy poco en brotar. Lo más importante no era el juego, sino jugar con Miguel. Te hacía olvidarte de todo y solo importaba la risa. Recuerdo continentales, Risks y otras partidas que siempre perdía Miguel (el panoli), porque nunca parecía estar atento a la inteligencia del juego, y que siempre gané yo porque esas partidas aún las recuerdo como uno de los momentos más felices de mi vida. El simple maestro que no había leído a Foucault. El ignorante hacía que nos sintiéramos niños a su lado. No había mejor sitio que al lado de Miguel.
Te abrazaba con el abrazo del oso, te sonreía al verte, me llamaba Paquilla y desaparecían todos los males. La alegría venía con él. No, no la alegría, sino el sentimiento de sentirte querida, con una tremenda sencillez. A veces triste, a veces distraido, a veces taciturno, la vida es muy difícil, pero para mí Miguel era la alegría de estar con una persona de la que no tenías que defenderte, ante la que no tenías que aparentar, no tenías que ser precavida con él. Todo era sencillo, todo lo hacía sencillo, estaba Miguel.
Hacía pelotas de miga de pan y las masticaba abriendo mucho la boca. Más protestas, más pescozones: ¡Miguel, guarro! Se dejaba ser el blanco de las protestas y nos pegábamos como niños. Recuerdo una noche en un camping, en la que nos atacamos traicioneramente con sartenes y el pobre se llevó un golpe en un codo. Es difícil encontrarle la gracia ahora, pero nos reíamos hasta no poder movernos. Aún después del golpe en el codo, Miguel salió para dar cumplida respuesta a nuestros ataques y las risas fueron inteminables. Si eso no es la felicidad, ya me diréis, yo no he vivido momentos más felices.
Miguel era ágil, fuerte, serio, cariñoso y fiel. El Oso. Con el tiempo la vida nos va llevando de un lado a otro, creo que ninguno de los dos quisimos vernos para no romper la fidelidad que nos tuvimos. Yo se la tengo aún y sé que él me la ha tenido. Espero que el recuerdo que haya tenido de mí sea la décima parte de bueno del que yo tengo de él.
¿Con quién se puede pasar un dia entero peleándose por subir a un tronco de árbol escualido en una playa gallega y olvidarse de comer? Con Miguel. Insistía, pinchaba, peleaba incansable, reía y yo más. El sol, el mar, un tronco y a jugar. Horas y horas de incansable felicidad. Miguel es el verano. Y por la noche nécoras y a dormir en el saco, impacientes para que la mañana siguiente nos trajera de nuevo a Miguel.
Subí con él al Tozal de Mayo. Allí solo subimos tres. Miguel ya no está, yo no lo he olvidado y la otra persona del trio creo que tampoco. Podíamos comer bocadillos o en un Parador, pero casi siempre dormiamos en tienda de campaña. Esos momentos de felicidad, lo que ahora sé que son momentos de felicidad, se los debo en gran parte a Miguel. Era el mejor conductor que he conocido, el más seguro, el más constante, le daba igual 20 que 2.000 kilómetros, jamás dejaba de su mano la carga personal que llevaba, daba igual el coche (el primero que yo conocí una furgoneta Renault de las más básicas), mientras él condujera todos estábamos a su cargo. Y así ha hecho con todo.
Al principio para mí era solo un profesor de un colegio público, entonces sabía yo tan poco. Miguel ha sido simple y llanamente el maestro. Me llegaban a los oidos las historias de un maestro comprometido con su colegio, con sus alumnos y con los padres de sus alumnos. Los estadounidenses le llaman a esto 'comprometido con su comunidad' y no se avergüenzan de ello. En España es cosa de rojos. Me alegré mucho de que el Miguel que veía yo fuera tan útil para otros, no sólo era mi amigo, era un maestro. Era alguien al que querías porque era sencillo, fácil, natural; los años me han enseñado que eso son solo características de personas excepcionales. De esas personas de las que te encuentras pocas en esta vida que todo lo hacen fácil, que ayudan, sonríen, juegan, te divierten, te enseñan, que no te dan lecciones, que te quieren. Nadie con esa sabiduría. Nunca llegué a decirle que era la persona más sabia que he conocido, espero que no le importara mucho saberlo. A mí me dió el abrazo del oso.
Hoy quiero decir que estoy orgullosa de haberle podido conocer y de haber podido compartir alguno de los momentos de su vida. Me hubiera gustado que hubiera podido asistir al homenaje que se le preparaba. ¿A cuántos les hacen homenajes de verdad? A Miguel le estaban preparando uno y espero que se haga realidad porque aunque ya no esté creo que todos tenemos necesidad de hacer un homenaje al hombre que nos enseñó, que nos ayudó, que nos divirtió y... que jugó con nosotros. Yo no podré olvidarle.
Hacía muchos años que no le veía, pero en las mejores risas de mi vida está Miguel, las más sinceras, las más simples, las más despreocupadas, las más infantiles. Yo no fui alumna suya, ni colega suya, fui su concuñada durante doce años, pero me enseñó algunas de las cosas más importantes de mi vida. Y disfruté con él algunos de los momentos de felicidad de mi vida. Yo no tenía obligación de quererle, pero me dió el abrazo del Oso.
Que te sea la tierra leve, Miguelcho. Siento no haber tenido la oportunidad de decirte lo que te he querido.
Para que todos encuentren que Miguel José Aguirre Llabrés fue un sabio y que trabajó durante decenas de años en el Colegio Público Ramón y Cajal (Torrejón de Ardoz). Polígono Las Fronteras 28850 Torrejón de Ardoz.
Un simple maestro.
Que palabras más bonitas. Fui alumna suya hace muchos años y le recuerdo y le recordaré con mucho cariño. Y desde luego que nunca olvidaré su gran sonrisa y cariño con el que me recibía cuando nos veíamos de pascuas a ramos.
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